Echo de más.

Echo de menos amanecer a las seis de la mañana, sin sueño, con el rugido de mis tripas por no haber cenado la noche anterior. Ponerme lo primero que pillo y bajar a desayunar como si lo fueran a prohibir. Comérmelo todo, T-O-D-O. Disfrutar del café mientras escucho ligeramente el sonido de las olas rompiendo. O no. Creo que siguen siendo mis tripas, todavía con hambre. Echo de menos recorrer 30 kilómetros en un todoterreno y tardar tres horas debido a los maravillosos y apacibles caminos de tierra, piedras y fango. Tres horas y no cuatro porque el temor a perder la última barca a nuestro destino hizo que el espíritu de Carlos Sainz se apoderara de mi a pesar de que la BSO de Luis Fonsi con Despacito no ayudara en absoluto.

Echo de menos a aquel murciélago que se coló en la habitación chillando como un cochinillo y que igual que entró, salió, mientras yo trataba de perseguirle ansiosa, buscando su confesión para confirmar que efectivamente, era Batman. Echo de menos a los perezosos que se balanceaban exageradamente lentos (aún más que yo) en el árbol próximo a nuestra cabaña. De verdad que observarlos durante horas daba de todo menos pereza (pereza de perezosos jejejijijojojuju). Echo de menos a las miles de aves que canturreaban por doquier con sus asombrosos colores y majestuosas plumas y que no, gracias a Dios, ninguna era una paloma.

Echo de menos la adrenalina de sobrevolar los infinitos árboles de Monteverdeen tirolina
(adrenalina/cosquilleo/ligerotemor/miedo/ataquecardíaco/quealguienmebajedeaquíyadeyalosuplico). Mi dislocación de cuello cuando al saltar al vacío me creí una de esas aves y por supuesto, acabé siendo una mísera paloma. Echo de menos el gallo pinto, el plátano frito y el casado, sobre todo porque no lo comí ni un solo día. Bueno, uno sí, pero después de beber agua del grifo debido a nuestro limitado presupuesto ya os podéis imaginar adónde fueron a parar tan ricos manjares. Echo de menos la caída del sol, todavía cálido, acompañada de una cerveza congelada, ese gran contraste que hacía que nos sudaran hasta los codos.

Echo de menos gastar toda nuestra plata (intenté lo del plomo pero en el aeropuerto se pusieron algo quisquillosos con las armas), para hacer tours y compensarlo con una única comida al día. Vale, una SEÑORA comida, pero una. Echo de menos a los peces, a las estrellas de mar y hasta a los malditos mosquitos que hacen que ahora me rasque como si fuera un perro pulgoso.

Echo de menos la paz y tranquilidad de no saber en qué día vivo y ni siquiera mirar la hora (lo hacía de vez en cuando hasta que me lo prohibieron, soy de esas que repite una y otra vez “ahora en España estaríamos comiendo”). Echo de menos la alegría tica que te da el pura vida. Te pueden haber robado el coche, puedes haber caído ladera abajo o te puede haber mordido el culo un mono con rabia. Pero siempre, pura vida.

Echo de menos a mis compañeras de viaje. Esa confusa sensación de odiar a una persona pero quererla al mismo tiempo. Querer matarla, claro. Echo de menos el bote común y el grandioso poder que casi me corrompe al ser la tesorera de este. Digo casi porque no había un duro, si no, otro gallo cantaría. Echo de menos el sol, el que abrasa, el de verdad. Echo de menos el paraíso. Echo de menos la vida de yupi. Echo de más la cruda realidad.

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P.D: Adjunto documentos gráficos que no hacen más que intensificar la nostalgia que siente mi corazón empujándome a saltar por la ventana cual ave majestuosa. Sin alas. Sin arnés.

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Siempre vuestra,

Mbarbarie.