De concierto en concierto

Hace unos días pude gozar del privilegio de escuchar por tercera vez en directo a uno de mis grupos de música favoritos, y también de mi madre, Hombres G. Ya le decía yo a David, desde la primera fila y gritando a pleno pulmón: Esta noche, algo me dice, que voy a pasármelo bien.

Y es que estamos a un paso de tocar el verano con las manos, y con ello llega una estampida de conciertos, festivales de música, cabezas de cartel, teloneros, melodías sonando en directo al aire libre, en explanadas, descampados o playas paradisíacas. Y antes de hablar de las lindezas, maravillas y de la emocionante sensación que te hace sentir la música en directo, me dispongo a analizar los diferentes perfiles que he podido identificar y que están presentes en todo concierto. Fauna concertil:

– La Histriónica. Dícese de aquella persona, normalmente de sexo femenino, que desde el primer instante de la actuación, o incluso desde que sale de su casa, decide apalancarse encima de los hombros de su pobre amigo pagafantas aleteando sus brazos con desmedida teatralidad. No es especialmente una persona tranquila ni un ser inerte, sino todo lo contrario, se moverá frenéticamente como si le estuvieran sometiendo a cargas eléctricas de alto voltaje. Su energía no tendrá fin.

– El Sujetador de Histriónicas. Prenda de ropa interior de látex, impermeable y a prueba de balas. No. En serio. Se trata de aquel pobre hombre pagafantas, al que le toca, además de pagar el refresco, cargar con la chiflada que se contonea sin ton ni son. Al principio del concierto la alentará a bailar sobre sus hombros y cantará feliz como buen fanático. Una vez hayan pasado más de veinte minutos de concierto, y deje de sentir la cervicales, intentará de manera sutil dejarla caer. Ya no hay amor que valga. Sin piedad. Algunos consejos para llevar a cabo el plan son: bailar Paquito el chocolatero de manera desmesurada tratando de perder el equilibrio, fingir un desmayo y con suerte caerás tú y encima ella, o como último recurso pagar al de al lado a modo de sicario y dejar la situación en sus manos. Cuidado con quién haces negocios, la última vez que un amigo lo intentó acabo siendo parte de una torre de tres (el jamón entre dos panes de sándwich).

– El Cafeinómano. Aquel espécimen que va directo del trabajo y ha decidido tomarse cinco cafés para aguantar el ritmo. Lleva puesto el traje y sólo suda. Café. ¿Ojalá que llueva café? Este ser es la representación de la canción en carne y hueso. Juan Luis Guerra se inspiró en él. Y de verdad, suda mucho café.

– El Perezoso. Vago y con mucha caradura, habrá conseguido a base de empujones y pisotones, posicionarse en un sitio privilegiado al lado del escenario. A medida que avanza el concierto su sed irá incrementando, pero será incapaz de ir a por bebida si eso supone una posible pérdida de la ubicación. Se conforma con relamer el brazo sudoroso del cafeinómano.

– Los Capullitos de Alelí. La pareja acaramelada que no falta en ningún concierto. Son incapaces de apartar la mirada de los ojos de su amado/a. Se cantan al oído en forma de susurros mientras se balancean cogidos de la mano. Consejo: Nunca, jamásdelosjamases, oses asistir a un concierto con una de estas parejas. POR TU BIEN.

– La Antorcha Humana. El emocional del mechero/pirómano. Ya puede estar sonando 2 minutes to Midnight de Iron Maiden, que en algún momento, o varios, o genitales del concierto (jajajajajajajaja juego de palabras mbarbarie, próximamente saldrá al mercado el juego de mesa para mayores de 12 años), el ser en cuestión sacará su mechero como si de Excalibur se tratara, y embaucado por sus melancólicos recuerdos o por su profunda obsesión con el fuego, lo encenderá aunque tenga que quemarse el pulgar en el intento. Entregando su alma. Yo nunca llevo mechero así que recurro a las cerillas. Un estilo mucho más medieval, a modo de antorcha. Y para quemar el pelo afro del hombre que tienes delante y que te tapa las vistas al escenario, es mucho más efectivo.

El Homeless. Los pertenecientes a esta denominación tratan de camuflarse haciéndose llamar groupies, pero no nos la cuelan. A mí no. Se instalan en la puerta del emplazamiento donde tendrá lugar el concierto con tiendas de campaña, sacos y mantas mientras hacen cola, supuestamente, para escoger los mejores sitios. Tras años de análisis por mi cuenta, he solicitado ayuda a profesionales del sector, como la Universidad de Massachusetts de fanáticos y groupies en fraude, que está llevando a cabo minuciosas investigaciones. Pronto tendremos los resultados.

El Nicotinas. Persona con serios problemas de comunicación que no logra entender el concepto PROHIBIDO FUMAR. Es probable que influya el hecho de que ha arrasado con todas las existencias de alcohol del lugar y que no se entera de nada. Ya puede salir de la tumba Freddie Mercury y salir al escenario a cantar que el nicotinas solo ve humo a su alrededor. Fuma compulsivamente y mueve la cabeza de arriba abajo muy a lo rock and roll.

– El Nomelasé. Esa persona indefensa que no se sabe las canciones. A mi mapasao. Es triste y vergonzoso. La gente que te rodea es cruel. Te juzgan con la mirada y piensan: ”chss, fanático de pega, no sé qué hace aquí si no se sabe esta versión que tocaron en abril del 95 en Bristol”. Mi recurso siempre es el mismo: agachar la cabeza y revolverme el pelo con las manos a cámara lenta. Muy místico. Pensarán que estás inmerso en la melodía o que tienes esquizofrenia aguda. De cualquier manera, no se fijarán en que no te sabes la canción.

– El Playmobil. Su único movimiento durante el concierto consiste en mover el brazo de arriba a abajo para ingerir un bebercio tras otro. Pide copas y cervezas con frenesí. Todavía no se ha dado cuenta de que las fichitas para pedir no son monedas del monopoly. Es dinero real. Mucho dinero real. Que me lo digan a mi. Flashback. Rostro lívido. Amsterdam. Noviembre de 2014. The Lumineers. Una botella de whisky antes de entrar al concierto (era necesario afinar la voz). Resultado: Confundí una máquina de esas fichitas, con un cajero automático. Inteligente de mi, me dispuse a sacar 100 euros y cual fue mi sorpresa cuando la máquina, como si eso fuera un tragaperras y acabara de ganar el premio del mes, empezó a escupir fichitas especiales sin fin. No tuve más remedio que aprovecharlas y acabe convirtiéndome en el nicotinas.

Una cosa bien es cierta, y es que el conjunto de todos estos personajes, y los muchos más que existen en cada sala de música en directo, son la esencia de esta. Esa unión de personas que comparten, en un mismo lugar y en un mismo momento: ilusión, ganas, energía, arte, y sobre todo, pasión. Gente tan dispar, tan diferente, pero que tienen una misma cosa en común: aman la música.

Eso es lo que llena de fuerza la sala o el ambiente que acompaña la música del artista. Y una vez que lo vives, ya puedes tener Spotify premium o tu propia voz bajo el agua de la ducha, que no vas a experimentar una sensación igual.

Y a modo de despedida, antes de que me pase de sentimental, dejo aquí una gran reflexión que hizo The Boss acerca de la importancia de que exista esta complicidad y conexión entre el público y el artista:

“Tengo la sensación de que, la noche en que miras a tu público y no te ves a ti mismo, y la noche en que el público te mira y no se ve reflejado en ti, es que todo ha terminado.” ―Bruce Springsteen

Buenas noches lectores, canten, bailen, escuchen.


Mbarbarie. 

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