Resaca de amor

Por fin. Se acabó. El fin de semana de l’amour, de los inenarrables regalos, las irritantes parejas en la calle y las solteras que inundan su día con lágrimas de soledad y desesperación. Nunca encontraréis pareja. Asumidlo. JAJAJA Pobres. Compraos una cobaya.

No es que sea una hater del amor ni mucho menos (cómo me gusta usar anglicismos para parecer más blogger) pero si pudiera, quemaría todas las cajas de bombones existentes sobre la faz de la tierra. Por supuesto, antes me comería el chocolate. Y no, no compartiría.

Pero eso sería tan solo el principio de mi plan arrollador para acabar con la mayor atrocidad que ha creado el ser humano: el día de San Valentín. Todavía estoy trabajando en la logística, pero para que tengáis una idea aproximada, se basa en aguarle la fiesta a todo tortolito/inconformista del amor/coqueto coqueto tirando a maricón que celebre este indescriptible día de festejo.

El primer paso es interpretarse como el mismísimo 666 del amor. El atuendo es fundamental para el éxito del plan, así que no tendrás más remedio que enfundarte en un pañal blanco, robarle un arco a tu vecino y comprar en el chino de abajo flechas con punta de cianuro.

Una vez conseguido, deberás proceder a tomarte un RedBull, te da alas, y empezar con el trabajo. Lamento la broma del Redbull, totalmente innecesaria y carente de sentido, pero siempre he querido decirlo (es vital que al leerlo entonéis como lo hacen en el anuncio. Si no pierde gracia, si es que la tenía, que no. Qué bocholno. Volaré uoooooo, cantaré).

Y es que este famoso y adorado día está lleno de hipocresía y falsedad. Es el Judas del amor. El Brutus de los corazones. Hala, ya solo quedan 364 días para que tu pareja te vuelva a sorprender, te susurre al oído que te quiere pero que no te merece, que te llame tocinito de cielo, buñuelito caramelizado con espuma de besos o torrija de frambuesa con aroma de anacardo. VOMITO CORAZONES. Literal. Me he zampado una bolsa entera de chuches de merienda y creo que los corazones de gominola son algo indigestos. Moriré llena de amor. JAJAJAJA. ¿Por qué ultimamente solo hablo de comida?

Dejando de lado las parejas rebosantes de empalago, procedo a realizar un análisis sobre la especie, desgraciadamente perteneciente a la raza humana, de seres que me encontré el sábado noche cuando decidí salir por las calles de Madrid a mover el esqueleto, a liarla pepinillos, a quitarme el peluquín. Sí. Es cierto, Nadie me invitó a celebrar San Valentín. Lloraré. Lloraré las penas de mi corazón enamorado. Sufriré el lamento de este corazón ilusionado. Madre mía, ¡Qué grande eres Bisbi!

Quedé impassssstada con el romántico ambiente de la discoteca a la que fui. Se respiraba amor en cada esquina de la sala, en cada movimiento de cadera al son de A ella le gusta la gasolina. Estupefacta. Asín me quede. Por si no fuera suficiente, cometí el insensato error de salir completamente sobria. Acabáramos. Reinaba la desesperación y el ansia, identificabas perfectamente a las bestias acechando a su presa. En el baño varias mujeres lloraban. Me reía y les tiraba hielos mientras cantaba: It’s raining men. 

Todos aprovechaban la atroz letra de las canciones para arrimar cebolleta. Perdón por la expresión. Y yo, mientras, disfrutaba de las deliciosas croquetas de Yeyo y observaba detenidamente a cada individuo, fijándome en cada pequeño detalle. Es importante para la concentración de la mente tener el estómago lleno de energías. Vale, de verdad, ya paro.

En cualquier caso, por sí he creado algún tipo de ofensa a los enamorados e hinchas de San Valentín, reconozco, siendo honesta y sincera con vosotros, que es pura ENVIDIA. De la mala. Ni sana ni leches.

Besos rellenos de tempura de pasión,

Mbarbarie

21 Días fuera de casa

Hoy hace ya 13 días que partí de mi delicioso hogar, y sí, estoy disfrutando, maravillada por la cultura asiática, los paisajes exóticos y la comida refrita de la calle. Pero, francamente, QUIERO UN BUEN BOCADILLO DE CHORIZO DE PAMPLONA.

No hay nada más certero que irse fuera de casa para aprender a valorar lo bueno. Abandonar el nido. Mimetizarse con el nuevo plumaje. Las gárgaras necesarias para afinar el cántico del alba. El aleteo constante. Comer lombrices. No. No lo hagáis. Ayer lo hice y me están haciendo un lavado gastrointestinal. En el fondo están de rechupete. ¡No conquistas nada, con una ensalada!

Sobre todo, si decides que la mejor manera de emprender un viaje es como una auténtica hippie y te plantas en algún país exótico en la otra punta del globo terrestre, con una mochila en la que metes: cuatro bragas, un desodorante de bola (que acabas compartiendo con varias personas del viaje, ya sea por higiene o por hambre) y un saco sábana (muy útil para dormir calentito en lugares insólitos, evitar enfermedades contagiosas, criar larvas, o como arma para asfixiar a las masas de chinos que incordian).

Gracias a mi última tesis acerca del tema, he descubierto algo muy curioso a la par que inquietante. Hablo de la existencia de una Patología muy común entre esta especie. Consiste en una mutación transgénica que pasa, del look mochilero hipster, al más puro estilo perroflaútico/Pablo iglesias (coleta baja, espalda encorvada, llegas a dejarte incluso algo de bigotillo, e imprescindible una riñonera). Así que cuidadín. Ojo al manojo. (No se muy bien qué significa esto último, pero creo seriamente que deberían incluirlo en el refranero español). Adjunto foto propia y autorizo intervención.

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Pero nadie se va así, con una mochila llena de sueños, esperanzas e ilusiones, si no es para traerla de vuelta llena de regalos. Como el mismísimo Papa Noel. Así voy a volver. Gorda y con barba. JAJAJA No. De verdad. Esta es la última galleta que me como. JAJAJA eso sí que tiene gracia. “All by my self, don’t Wanna be”. Acabaré así. Y más feliz que un regaliz.

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En multitud de ocasiones subestimamos el dificultoso y arriesgado proceso de compra. Todo comienza con ese momento en el que compras un souvenir/artículo artesanal/cerdo vietnamita y sales del puesto sintiéndote el mismísimo Amancio Ortega. Mientras la brisa de la costa te revuelve el cabello, miras por encima del hombro al resto de la humanidad. Eres un gánster. Oh yeah. Cantas sin piedad I’ve got the power de snap. Siempre he sido muy de canciones. Debería haber vivido en un musical. Tu y yo vivamos el momento tu y yo sin arrepentimiento. Vale. Ya paro. Debe de ser las coordenadas en las que me hallo, que me sube la bilirrubina.

Es entonces, cuando crees que has conquistado las jodidas Américas, cuando ves que en el puesto de al lado, en el siguiente, en el siguiente, en el siguiente y HASTA EN LA MISMÍSIMA CONCHINCHINA (que por cierto, cocinan el arroz de maravilla) lo venden más barato. Es un auténtico dilema, yo no consigo pillarle el tranquillo a eso de Regatear. ¿Quién no se ha sentido Brian alguna vez?

https://m.youtube.com/watch?v=8RqDvVd0xGg

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Pero al final lo más importante no es a dónde ir, sino con quién, El Grupo. Ese grupo con el que comienzas el viaje conviviendo en paz y en armonía, pero como bien dice el dicho: la confianza da asco. Y mucho. Cada miembro se caracteriza por un roll específico.

Siempre existe un individuo que asume el liderazgo, ordenado, maniático, frío y calculador, se mancha las manos de sangre sin piedad y te machaca hasta que no te quedan energías ni ganas de vivir. Deshaceos de ese miembro lo antes posible (un empujón tonto en la colina, una zancadilla a tiempo o un par de gotas de cianuro en el café. Un par. No más. Queremos que muera, no que se desintegre).

Otro que nunca falla es aquel ser insufrible que lo único que aporta en el viaje son quejas. “Qué día tan nublado“, “qué sucia es esta ciudad“, “la comida está muy picante“. La solución es sencilla. Entrégale un revólver cargado. Si no consigues la licencia para comprar pistolas siempre puedes cambiar la salchicha de su perrito caliente por dinamita.

Esto acaba convirtiéndose en el mismísimo Gran Hermano 16.0. “Te comiste tres pringles y yo sólo dos” “ya tía, pero es que tu estás gorda, lo hice por ti” o cuando no encuentras tus cosas dentro de tu caótico desorden “quién, me ha, robado, mi mochilaaaaa”. Eso, según mi humilde opinión, supondría la expulsión directa de la casa. (SALVAR BARBARIE AL 77452)

Y El bote común. Ríete tu de Bárcenas. JAJAJA No, en serio. Nunca dejéis que un miembro del grupo tenga en su posesión los bienes comunes. EEEEERROR. Existen varias posibilidades:

A) El susodicho, elegido por votación unánime, hace que el dinero fructifique. Invierte, negocia, economiza y recoge beneficios. Acabas el viaje con más dinero del que te fuiste (Eso nunca, repito, nunca pasa).

B) La avaricia rompe el saco. Literal. “¿Dónde cojones está el dinero? Yo lo había dejado en este bolsillit… (Mierda, hay un agujero en el bolso. Disimula. O huye. Huye de cuclillas y finge ser un saltamontes)”.

C ) La banca sufre un trastorno de personalidad. Sus principios se ven trastocados y establece las prioridades del grupo. Mueres de inanición y deshidratación, no hay dinero para eso. ¿Chupitos? Barra libre. Moraleja: la banca quiere acabar con tu vida cuanto antes y largarse con tu dinero a las Bahamas. Si puedes, también trata de deshacerte de él.

Por último, y no por eso menos importante, es crucial el momento de llegada al destino en cuestión. Será en estas circunstancias donde probarás tu nivel de sensatez, de calle, y tus aptitudes cinéfilas. Debes ir al centro de la ciudad, hay pocos taxis, mucha gente, poco dinero. Se acerca un buen hombre, te propone compartir taxi para economizar, todo con una gran sonrisa, buen aspecto y la línea de la vida de la palma de su mano es larga y zigzaguea. NOOOOOO. VENGANZA. HUYE. Sigue los consejos del sabio de Liam Neeson, quédate con la mayoría de detalles posibles y grítalos mientras escapas haciendo la croqueta. ¡Peluquín! ¡Gafas de sol! ¡Bastón! ¡Acompañado de un labrador! Y jamás mires atrás.

Pero a pesar de MAMA todos los inconvenientes, en el VEN fondo estoy disfrutando A como nunca de esta BUSCARME experiencia. YA.

(Mama, sí me estas leyendo, he escrito un mensaje en código que ni los más expertos criptografos podrán descifrar).

Con cariño y empalago,

Mbarbarie