Aterriza como puedas, si llegas.

”Cuando se viaja en avión solamente existen dos clases de emociones: el aburrimiento y el terror” (Orson Welles).


Terror. Ese sentimiento es el que se respira estos días en mi dulce hogar. Se acerca el día, el momento de mi partida. El próximo martes 20 de Enero me dispongo a coger un avión rumbo a Bangkok y a perderme veinte días entre playas, daikiris y cloroformo.

Mi madre lleva unos días muy rara. Se pasea de habitación en habitación murmurando para sí misma: ”todo irá bien, todo irá bien”, y pasa más horas de las debidas en su mecedora acariciando a Bola de pelo. Espera. No tengo mecedora, ni mucho menos gato. ¿Quién es usted? Hombre señora Avernathy, ¿qué hace aquí? Le acompañaré fuera.

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Las apuestas entre mis hermanos son más que habituales. Cogerá el vuelo, no lo cogerá, perderá la maleta, se estrellará el avión… Tener familia para esto. Por supuesto, mis amigos no iban a ser menos y en estas situaciones han adoptado un papel fundamental. Para empezar, el día previo a mi partida, se da la casualidad, sea lunes, martes, o incluso domingo día del Señor, de que el mismísimo Satanás se reencarna en sus cuerpos, y pobre de mí, pura santidad, me veo arrastrada por los caminos del mal, los senderos del pecado y la oscuridad de la noche. Muy a mi pesar, y tras haber tratado de oponerme a la malévola tentación de Lucifer, acabo en la barra de algún bar bailando No rompas más o compartiendo la recena con el mendigo del cajero de la esquina cantando Esta no es mi vieja yegua gris.

Todo esto tuvo su origen. Os pongo en contexto: Salou. Three years ago. Vale. No. La próxima vez que use algún término de la lengua anglosajona denunciad mi blog y recoged firmas para que me lo cierren hastaelfindelostiempos. POR FAVOR. Como decía, hace tres años una buena amiga mía de Zaragoza y yo, decidimos ir a ver a unos amigos ingleses que habían escogido Salou como destino de viaje para el verano.

Pasamos cuatro idílicos días gozando del privilegio de ir en compañía de ingleses. Guiris, vaya. Esa emocionante sensación que te inunda al explorar los mundos profundos de las tiendas de souvenirs. El sentimiento gratificante de pagar un plato de paella a precio de millón como si el bar La esquina de Manoli tuviera una estrella michelín. La abrumadora obsesión de los camareros por emborracharte para después sacarte los cuartos. Con alevosía. Olé. Verygoodfandango.

Cuando llegó nuestro último día, decidimos aprovechar la primera hora de la mañana para darnos un último baño en las frías aguas de la costa Dorada. Y fue entonces cuando lo vi. Mi cuerpo sintió un cosquilleo, el latido de mi corazón palpitaba de una manera estrepitosa y desenfrenada, mis ojos se disponían a salir de sus cuencas de pura emoción. Allí, a lo lejos, pude divisar a un grupo de jóvenes disfrutando de la maravillosa experiencia que solo consigue aportar: LA BANANA. No medié palabra con nadie, no hizo falta. Con tan solo una firme mirada y un contundente gesto de cabeza pude transmitirles mi plan arrollador (No, no supe explicarlo en inglés). Así que di media vuelta y comencé a correr por la orilla hacia la escuela marítima como si fuera el mismísimo David Hasselhoff en los vigilantes de la playa. Ritmo pausado, cámara lenta, movimiento de cabellera y sin parar de cantar I’ll be ready de Jimi Jamison.

El autobús salía a las 12:00. Eran las 11:15. Yo, subida en la banana. Todo atisbo de sensatez o responsabilidad había quedado atrás, perdido entre el oleaje del infinito lago azul. Igual que el japonés que venía con nosotros. ¡Mírale! Qué gracioso, está saludando. ¿Este no era el que decía que no sabía nadar? JAJAJAJA. No. En serio. Dile que deje de fingir que es una boya. No tiene gracia.

La tensión iba  aumentando al compás de las agujas del reloj. Mi amiga comenzaba a ponerse un tanto nerviosa. Gritaba a los cuatro vientos curiosas expresiones de su tierra natal tales como ¡Maña! ¡Co! ¡La pilarica jodó! y yo solo gritaba sin ton ni son Bananaaaaa (si, fui musa de inspiración para los famosos minions). Una vez hube subestimado el carácter aragonés y fui arrojada al agua, decidí que era momento de volver a casa, darme una ducha, prepararme un zumo natural (colado, por supuesto), cortarme las uñas de los pies, usar hilo dental, limpiar, hacer la maleta, devolver las llaves en la oficina inmobiliaria, comprarme un bubbaloo en el quiosco de chuches e ir corriendo a la estación a lo Forest Gump para llegar a tiempo.

Yo, ingenua de mi, estaba convencida de que llegaríamos a tiempo. Siempre fui muy de Rosana. De hecho, el autobús estaría esperándonos y el risueño conductor nos guiñaría un ojo junto con una amable reverencia, dándonos paso al autobús donde el resto de pasajeros nos recibiría entre vítores y aplausos. La cruda realidad no se asemejaba en absoluto. En la parada del autobús solo quedaban dos vasos de café sin dueño, una bolsa de plástico que peleaba con el viento por alejarse y el japonés de la banana. Ahora no era una boya, sino un japonés muerto. JAJAJAJA. Iré al infierno.

La angustia y el desamparo que me inundaron en ese momento no fueron nada comparado con la incontenible ira de mi madre, que me habría aniquilado si hubiera tenido la oportunidad. No solo había perdido ese autobús, cuyo destino era Zaragoza, sino el consiguiente Ave Zaragoza- Madrid. Sí, soy una crápula de persona, lo se. Después de barajar las diferentes opciones, reservé un billete de autobús para el día siguiente a las 10 de la mañana, directo a Madrid tras las amenazas de muerte de mi matriarca.

Nuestros amigos ingleses pasaron el resto del día bromeando acerca de nuestro incidente, y está claro que en esta vida o se tiene sentido del humor y capacidad de reírse de uno mismo, o señores: suicidémonos.

Contaría con todo lujo de detalle la surrealista a la par que agitada noche que me envolvió cuando el sol se escondió. Pero en resumen, solo les digo, que tampoco pude subirme a ese autobús, por motivos y causas mayores (en ese momento me encontraba en una comisaría perdida entre montañas, dormida en una silla, mientras el señor agente me preguntaba que cuál era mi nombre).

Ese tan solo fue el comienzo y desencadenante de un sinfín de desatinos que me han perseguido hasta el día que acontece. Vuelos perdidos por narcolepsia, pasaporte olvidado en la fotocopiadora de un ciber turco en una misteriosa calle de Amsterdam a 24 horas del vuelo, falta de visado, DNI caducado, excesivos tequilas la noche previa… En conclusión, soy una persona que viaja con paz y sin presiones. Viajo Sitting on the dock of the bay.

Pero en serio, confiad en mí. Estoy madurando. ¿Te imaginas?

Aquí os dejo algún consejo que os vendría bien si os sentís identificados con el prototipo viajero crápula.

Es imprescindible, si viajas de madrugada o pronto por la mañana, la programación de no una, sino, varias alarmas. Si eres de los míos y tienes sueño profundo, cada alarma deberá estar situada en un punto distinto de la habitación, incluso si lo ves necesario, repartidas por la casa. Cada una tendrá su propia melodía personalizada, siempre escogiendo músicas estridentes y artistas con voz potente y despierta, séase Brian Johnson, James Hetfield o Axl Rose. De verdad, Alex Ubago no funciona como alarma. Sí para armarte de valor y saltar desde la azotea. Pero no para despertarte. El volumen estará configurado en ascendente, in crescendo, de menos a más.  Así pues, si a pesar del concierto libertino que has montado, no eres capaz de levantarte, no temas, pues tus familiares o vecinos se encargarán de hacerlo. Si, puede ser una desagradable manera de empezar el viaje, pero el objetivo es conseguir llevarlo a cabo.

Tenlo muy claro. No eres Indiana Jones y nunca lo serás. Despierta de tu profundo sueño, es el momento de asimilarlo. Es duro, pero con apoyo y con esfuerzo lo superarás. Yo lo hice. Ahora soy Aragon hijo de Arathor. No llevo sombrero pero molo igual o más. A lo que iba, tu maleta no puede contener katanas, espadachines, estrellas ninja ni cerbatanas. De verdad, no os imagináis lo pesados que se ponen los de control de equipaje.

El tiempo estimado de antelación con la que debes presentarte en el aeropuerto/estación/lugar de partida será aproximadamente de un día y medio. Nunca sabes lo que puede pasar y como dice mi querida abuela más vale prevenir que curar. Puede ser que corten el metro, que haya un accidente que provoque un tráfico lento, o incluso que se de casualmente una estampida de rinocerontes.

Si por mi fuera, seguiría escribiendo hasta el amanecer, pero me temo, que si mi vuelo sale el martes, no estaría de más renovar mi pasaporte.

Buenas noches, y a comerse la semana.
Os escribiré desde el paraíso. Con amor,

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Mbarbarie

2 comentarios

  1. Paula · enero 18, 2015

    Oh Barcelona…siempre recordarás nuestras lágrimas mientras una china poseída nos hacía perder el segundo autobús del día. Sigo sin arrepentirme de lo de las albondigas…¿y lo buenas que estaban? Jajajaja grande barbaris

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  2. begolasca · enero 18, 2015

    Por tú bien y el de tu familia te subas a ese avión, si no lo haces, mi makuto con 10camisetas3pantalonesdostoallasmosquiterasacosabanabragascalcetineschubasqueros y un largo sin fin de indispensables para 20 días serán tu escondite para casi 20 horas de vuelo, tú verás.
    Por cierto, mamolau.

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