Echo de más.

Echo de menos amanecer a las seis de la mañana, sin sueño, con el rugido de mis tripas por no haber cenado la noche anterior. Ponerme lo primero que pillo y bajar a desayunar como si lo fueran a prohibir. Comérmelo todo, T-O-D-O. Disfrutar del café mientras escucho ligeramente el sonido de las olas rompiendo. O no. Creo que siguen siendo mis tripas, todavía con hambre. Echo de menos recorrer 30 kilómetros en un todoterreno y tardar tres horas debido a los maravillosos y apacibles caminos de tierra, piedras y fango. Tres horas y no cuatro porque el temor a perder la última barca a nuestro destino hizo que el espíritu de Carlos Sainz se apoderara de mi a pesar de que la BSO de Luis Fonsi con Despacito no ayudara en absoluto.

Echo de menos a aquel murciélago que se coló en la habitación chillando como un cochinillo y que igual que entró, salió, mientras yo trataba de perseguirle ansiosa, buscando su confesión para confirmar que efectivamente, era Batman. Echo de menos a los perezosos que se balanceaban exageradamente lentos (aún más que yo) en el árbol próximo a nuestra cabaña. De verdad que observarlos durante horas daba de todo menos pereza (pereza de perezosos jejejijijojojuju). Echo de menos a las miles de aves que canturreaban por doquier con sus asombrosos colores y majestuosas plumas y que no, gracias a Dios, ninguna era una paloma.

Echo de menos la adrenalina de sobrevolar los infinitos árboles de Monteverdeen tirolina
(adrenalina/cosquilleo/ligerotemor/miedo/ataquecardíaco/quealguienmebajedeaquíyadeyalosuplico). Mi dislocación de cuello cuando al saltar al vacío me creí una de esas aves y por supuesto, acabé siendo una mísera paloma. Echo de menos el gallo pinto, el plátano frito y el casado, sobre todo porque no lo comí ni un solo día. Bueno, uno sí, pero después de beber agua del grifo debido a nuestro limitado presupuesto ya os podéis imaginar adónde fueron a parar tan ricos manjares. Echo de menos la caída del sol, todavía cálido, acompañada de una cerveza congelada, ese gran contraste que hacía que nos sudaran hasta los codos.

Echo de menos gastar toda nuestra plata (intenté lo del plomo pero en el aeropuerto se pusieron algo quisquillosos con las armas), para hacer tours y compensarlo con una única comida al día. Vale, una SEÑORA comida, pero una. Echo de menos a los peces, a las estrellas de mar y hasta a los malditos mosquitos que hacen que ahora me rasque como si fuera un perro pulgoso.

Echo de menos la paz y tranquilidad de no saber en qué día vivo y ni siquiera mirar la hora (lo hacía de vez en cuando hasta que me lo prohibieron, soy de esas que repite una y otra vez “ahora en España estaríamos comiendo”). Echo de menos la alegría tica que te da el pura vida. Te pueden haber robado el coche, puedes haber caído ladera abajo o te puede haber mordido el culo un mono con rabia. Pero siempre, pura vida.

Echo de menos a mis compañeras de viaje. Esa confusa sensación de odiar a una persona pero quererla al mismo tiempo. Querer matarla, claro. Echo de menos el bote común y el grandioso poder que casi me corrompe al ser la tesorera de este. Digo casi porque no había un duro, si no, otro gallo cantaría. Echo de menos el sol, el que abrasa, el de verdad. Echo de menos el paraíso. Echo de menos la vida de yupi. Echo de más la cruda realidad.

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P.D: Adjunto documentos gráficos que no hacen más que intensificar la nostalgia que siente mi corazón empujándome a saltar por la ventana cual ave majestuosa. Sin alas. Sin arnés.

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Siempre vuestra,

Mbarbarie.

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De concierto en concierto

Hace unos días pude gozar del privilegio de escuchar por tercera vez en directo a uno de mis grupos de música favoritos, y también de mi madre, Hombres G. Ya le decía yo a David, desde la primera fila y gritando a pleno pulmón: Esta noche, algo me dice, que voy a pasármelo bien.

Y es que estamos a un paso de tocar el verano con las manos, y con ello llega una estampida de conciertos, festivales de música, cabezas de cartel, teloneros, melodías sonando en directo al aire libre, en explanadas, descampados o playas paradisíacas. Y antes de hablar de las lindezas, maravillas y de la emocionante sensación que te hace sentir la música en directo, me dispongo a analizar los diferentes perfiles que he podido identificar y que están presentes en todo concierto. Fauna concertil:

– La Histriónica. Dícese de aquella persona, normalmente de sexo femenino, que desde el primer instante de la actuación, o incluso desde que sale de su casa, decide apalancarse encima de los hombros de su pobre amigo pagafantas aleteando sus brazos con desmedida teatralidad. No es especialmente una persona tranquila ni un ser inerte, sino todo lo contrario, se moverá frenéticamente como si le estuvieran sometiendo a cargas eléctricas de alto voltaje. Su energía no tendrá fin.

– El Sujetador de Histriónicas. Prenda de ropa interior de látex, impermeable y a prueba de balas. No. En serio. Se trata de aquel pobre hombre pagafantas, al que le toca, además de pagar el refresco, cargar con la chiflada que se contonea sin ton ni son. Al principio del concierto la alentará a bailar sobre sus hombros y cantará feliz como buen fanático. Una vez hayan pasado más de veinte minutos de concierto, y deje de sentir la cervicales, intentará de manera sutil dejarla caer. Ya no hay amor que valga. Sin piedad. Algunos consejos para llevar a cabo el plan son: bailar Paquito el chocolatero de manera desmesurada tratando de perder el equilibrio, fingir un desmayo y con suerte caerás tú y encima ella, o como último recurso pagar al de al lado a modo de sicario y dejar la situación en sus manos. Cuidado con quién haces negocios, la última vez que un amigo lo intentó acabo siendo parte de una torre de tres (el jamón entre dos panes de sándwich).

– El Cafeinómano. Aquel espécimen que va directo del trabajo y ha decidido tomarse cinco cafés para aguantar el ritmo. Lleva puesto el traje y sólo suda. Café. ¿Ojalá que llueva café? Este ser es la representación de la canción en carne y hueso. Juan Luis Guerra se inspiró en él. Y de verdad, suda mucho café.

– El Perezoso. Vago y con mucha caradura, habrá conseguido a base de empujones y pisotones, posicionarse en un sitio privilegiado al lado del escenario. A medida que avanza el concierto su sed irá incrementando, pero será incapaz de ir a por bebida si eso supone una posible pérdida de la ubicación. Se conforma con relamer el brazo sudoroso del cafeinómano.

– Los Capullitos de Alelí. La pareja acaramelada que no falta en ningún concierto. Son incapaces de apartar la mirada de los ojos de su amado/a. Se cantan al oído en forma de susurros mientras se balancean cogidos de la mano. Consejo: Nunca, jamásdelosjamases, oses asistir a un concierto con una de estas parejas. POR TU BIEN.

– La Antorcha Humana. El emocional del mechero/pirómano. Ya puede estar sonando 2 minutes to Midnight de Iron Maiden, que en algún momento, o varios, o genitales del concierto (jajajajajajajaja juego de palabras mbarbarie, próximamente saldrá al mercado el juego de mesa para mayores de 12 años), el ser en cuestión sacará su mechero como si de Excalibur se tratara, y embaucado por sus melancólicos recuerdos o por su profunda obsesión con el fuego, lo encenderá aunque tenga que quemarse el pulgar en el intento. Entregando su alma. Yo nunca llevo mechero así que recurro a las cerillas. Un estilo mucho más medieval, a modo de antorcha. Y para quemar el pelo afro del hombre que tienes delante y que te tapa las vistas al escenario, es mucho más efectivo.

El Homeless. Los pertenecientes a esta denominación tratan de camuflarse haciéndose llamar groupies, pero no nos la cuelan. A mí no. Se instalan en la puerta del emplazamiento donde tendrá lugar el concierto con tiendas de campaña, sacos y mantas mientras hacen cola, supuestamente, para escoger los mejores sitios. Tras años de análisis por mi cuenta, he solicitado ayuda a profesionales del sector, como la Universidad de Massachusetts de fanáticos y groupies en fraude, que está llevando a cabo minuciosas investigaciones. Pronto tendremos los resultados.

El Nicotinas. Persona con serios problemas de comunicación que no logra entender el concepto PROHIBIDO FUMAR. Es probable que influya el hecho de que ha arrasado con todas las existencias de alcohol del lugar y que no se entera de nada. Ya puede salir de la tumba Freddie Mercury y salir al escenario a cantar que el nicotinas solo ve humo a su alrededor. Fuma compulsivamente y mueve la cabeza de arriba abajo muy a lo rock and roll.

– El Nomelasé. Esa persona indefensa que no se sabe las canciones. A mi mapasao. Es triste y vergonzoso. La gente que te rodea es cruel. Te juzgan con la mirada y piensan: ”chss, fanático de pega, no sé qué hace aquí si no se sabe esta versión que tocaron en abril del 95 en Bristol”. Mi recurso siempre es el mismo: agachar la cabeza y revolverme el pelo con las manos a cámara lenta. Muy místico. Pensarán que estás inmerso en la melodía o que tienes esquizofrenia aguda. De cualquier manera, no se fijarán en que no te sabes la canción.

– El Playmobil. Su único movimiento durante el concierto consiste en mover el brazo de arriba a abajo para ingerir un bebercio tras otro. Pide copas y cervezas con frenesí. Todavía no se ha dado cuenta de que las fichitas para pedir no son monedas del monopoly. Es dinero real. Mucho dinero real. Que me lo digan a mi. Flashback. Rostro lívido. Amsterdam. Noviembre de 2014. The Lumineers. Una botella de whisky antes de entrar al concierto (era necesario afinar la voz). Resultado: Confundí una máquina de esas fichitas, con un cajero automático. Inteligente de mi, me dispuse a sacar 100 euros y cual fue mi sorpresa cuando la máquina, como si eso fuera un tragaperras y acabara de ganar el premio del mes, empezó a escupir fichitas especiales sin fin. No tuve más remedio que aprovecharlas y acabe convirtiéndome en el nicotinas.

Una cosa bien es cierta, y es que el conjunto de todos estos personajes, y los muchos más que existen en cada sala de música en directo, son la esencia de esta. Esa unión de personas que comparten, en un mismo lugar y en un mismo momento: ilusión, ganas, energía, arte, y sobre todo, pasión. Gente tan dispar, tan diferente, pero que tienen una misma cosa en común: aman la música.

Eso es lo que llena de fuerza la sala o el ambiente que acompaña la música del artista. Y una vez que lo vives, ya puedes tener Spotify premium o tu propia voz bajo el agua de la ducha, que no vas a experimentar una sensación igual.

Y a modo de despedida, antes de que me pase de sentimental, dejo aquí una gran reflexión que hizo The Boss acerca de la importancia de que exista esta complicidad y conexión entre el público y el artista:

“Tengo la sensación de que, la noche en que miras a tu público y no te ves a ti mismo, y la noche en que el público te mira y no se ve reflejado en ti, es que todo ha terminado.” ―Bruce Springsteen

Buenas noches lectores, canten, bailen, escuchen.


Mbarbarie. 

Nada es lo que parece

¡Hahta er año que viene pisha! Sí señor. La Feria de Abril ha terminado y con ello las inagotables fotos en las redes sociales de mujeres disfrazadas de flamencas (no oséis referíos a los vestidos de gitana como disfraz delante de un sevillano), los coches de caballos y el rebujito por doquier.

Históricamente hablando, esta tradición nació como feria ganadera en 1847. A día de hoy todavía perdura parte de su esencia. No me refiero al conjunto de animales de pasto que son criados para su explotación. Sino a la pasta que se gastan los animales invitando a sus hembras a bebercios como si fueran ganado. Pero bien que nos dejamos, ¿eh?.

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En cuanto a este encuentro, es importante tener en cuenta que un sevillano de los pies a la cabeza va a tener siempre tres requisitos vitales:

1. Ir de punta en blanco hasta en la ducha. Literal. Se duchan vestidos. Yo nunca lo he llegado a entender pero son del sur, riegan menos. Así tienen las flores de marchitas. Entre eso y que las arrancan para ponérselas a sus mujeres en la frente, poca vegetación.

2. Relacionado con el punto anterior, los sevillanos se han ganado el título oficial de domadores de pelo. Tienen sus melenas estrictamente adiestradas y llevan a cabo un riguroso proceso para ello. Cogen vaca. Sacan lengua vaca. Se restriegan la cabeza en lengua vaca. ¡Voilá! Hasta el mismísimo Elvis Presley conseguía un maravilloso alisado con este mecanismo.

3. Poseer como mínimo un cortijo. Todos lo tienen. O todos fingen tenerlo. Pijo de cortijo.

Por supuesto, las mujeres de la capital andaluza no iban a ser menos. Ellas, presumidas y resumidas, (bueno, eso no, que son muy de tapas) no dudan en echarse encima absolutamente todas sus reliquias y posesiones. No les falta un aderezo: la mantilla de su bisabuela, pendientes de diámetros kilométricos que pesan una tonelada y media, pulsera de muñeca y de tobillo, anillos para los dedos de los pies, broche para la ropa interior y por supuesto que no falte la peineta, acompañada de una rosa de un tamaño considerable que prácticamente cubre el rostro entero de la fémina portadora. Brillan con luz propia. De hecho, estoy convencida de que el alumbrao en realidad no lo conforman bombillas, sino las propias sevillanas que iluminan la ciudad con tanta joya.

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Aún así, existe algo incluso más fascinante que todo eso: observar y analizar a la gente de fuera que asiste al evento en cuestión. Los madrileños que van a la Feria se meten tanto en su papel, que acaban profundamente convencidos de que han nacido en tierras andaluzas. Incluso se olvidan de hablar castellano. Hace poco leí a un sevillano hablando sobre esto que decía:

”Por muy flamenco que te sientas, aquí decimos “ole” y no “olé”, y aunque “arsa” parezca algo idóneo, a nosotros solo nos recuerda a El Informal”.

Pensándolo bien, ¿qué es peor, un madrileño tratando de imitar a un andaluz, o un andaluz gastando hasta la última gota de su saliva para imitar a un madrileño? ”Vamohsss a tohmahnosss una copa”. Infiltran ”eses” donde pueden, cuanto más suene, mejor. Pero centrémonos, que seguimos en Sevilla, que tiene un color especial.

Dicen que si acudes a la Feria, es imprescindible que lleves un mapa contigo allá por donde vayas. No pensaba que el recinto ferial fuera tan grande como para necesitarlo, pero cuando me enteré de alguno de los nombres de las calles, lo entendí todo. ”Calle del Infierno”. En fin. Estoy de acuerdo en que más de uno irá a las tierras de Satán cuando pase a otra vida (yo iré con ellos de la mano), ¿pero es pa’ tanto?. El motivo es el ruido que emana de la zona de las atracciones. Yo no se vosotros, pero a mí la atmósfera feriante me apasiona.

El hombre de la tómbola que irradia esperanza e ilusión que te anima a ganar un ajedrez de bolsillo, un juego de té o una sábana bajera para tu casa de verano. La dulce melodía de “Jessy te quiero ero ero” que te penetra en el tímpano mientras compras unas salchipapas en un puesto de comida. JAJAJAJAJA. Perdonad. Me acaba de venir a la mente el pequeño gordinflón que confiesa al mundo entero vía youtube que se comió unas salchipapas. Así da gusto.

En cualquier caso, nunca dudes. Sigue fielmente el consejo de nuestro gran amigo Joey Tribbiani para no perderte y Sitúate en el mapa.

Ojo. Ningún turista pasará desapercibido en la Feria. Por mucho sudor y esfuerzo que te haya supuesto interpretarte en la apariencia de un sevillano, esas cosas las perciben a km de distancia. Pero que no te corten las alas, disfruta y empápate. Puedes no tener ni pajolera idea de bailar sevillanas que tranquilo, tras 10 jarras de rebujito te creerás el mismísimo Farruquito. Mueve las manos compulsivamente, zapatea sin ningún tipo de orden coherente, pon cara de tener serios problemas gastroinstestinales y da vueltas sobre ti mismo (el desenlace dependerá de la ingesta de bebidas alcóholicas que hayas consumido). Eso sí, por favor, arrítmicos absténganse de tocar las palmas, no solo consiste en juntar las manos. No. Por experiencia propia, recomiendo no tratar de caldear el ambiente así, la última vez desconcentré a todos los miembros de la orquesta en la verbena del pueblo y la cosa no acabó bien.

¿Lo peor de todo? Nunca he estado en la Feria de Sevilla. He oído rumores, visto fotos, leído críticas y diversas opiniones. Pero personalmente, nunca he vivido la experiencia. No he tenido la oportunidad de pasear por las calles del recinto de Sevilla al son de los pasos de los caballos. No me he deleitado con la alegría que se respira hasta en el último rincón escondido de la ciudad, con los fuegos artificiales que marcan el final de otro año más de tradición. Ni siquiera me he enfrentado a la complicación que supone el reto de tener que ir al baño con un traje de gitana puesto. Mujeres de la Feria, os admiro.

Y qué fácil resulta criticar. Comentar y opinar sin conocimiento de causa. Prejuzgar a los asistentes de la Feria, hablar del popular postureo, relatar negativamente los aspectos que detesto de ese ambiente. Y todo esto, disculpadme por la expresión: sin tener ni puta idea de nada.

¡Que tenéis mucho arte sevillanos, seviplanos, sevilisos, sevirasos! (Ya que en el sur son tan salaos a ver si ríen mis chistes malos).

Pero lo que vengo a decir, es que vivimos constantemente creando prejuicios equivocados sobre los demás, cuando en realidad, Nada es lo que parece. Nunca sabes qué historia se esconde detrás de la acción de una persona, de su apariencia o de sus gestos. No tenemos el derecho a inventarnos una opinión y encasillar a alguien sin haberle dado la oportunidad de demostrar lo contrario. Y a pesar de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, tratemos de decir adiós a los prejuicios. Goodbye Goodbye llegó la despedida.

Porque personalmente hablando, no me haría especial ilusión que la persona que me entrevistara para el trabajo de mi vida, los padres de mi futuro marido, o una persona interesante a la que fuera a conocer, me prejuzgara a partir de pequeños detalles como mi foto en la bañera entre leche y cereales o barbariedades propias de mi persona. De verdad que no estoy loca. En el fondo no soy así. O si. O no. ¡Nunca lo sabremos!

 “Los prejuicios son la razón de los tontos.” Voltaire

Besos para todos, sin prejuicios (menos para aquellos a los que no les haya gustado el post, seguro que son malas personas, frías y cínicas que no merecen vivir).

Mbarbarie

Yo, mi, me, contigo

Qué puedo decir de esta grandiosa frase. Touché. Cómo no, perteneciente al nombre de uno de los discos de mi mayor ídolo, un cantautor de categoría, indiscutible rey de la rima, de los versos, de la poesía tarareada con musicalidad. Un artista de los pies a la cabeza, Joaquín. Joaquín Sabina.

Desde que descubrí mi amor incondicional hacia este hombre, he tratado de encontrar desesperadamente a una sola persona en el universo a la que no le gusten sus letras. No puede no gustarte. Es como las palomitas en el cine. Como un Mcauto de recena. Como esa cerveza fría después de hacer deporte, y cuando me refiero a fría, hablo de una cerveza gélida, con vaho, que la pobre esté a punto de sufrir hipotermia, ¡¡¡que tirite!!! Porque la música del jiennense cantautor apetece en todo momento. Es como la jodida coca cola. Para los grandes, para los pequeños, para los románticos, para los despegados, para los carcas, para los modernos, para los profundos, para los simples, para los filosóficos, para los anticuados. Como él mismo diría, es El Rocanrol de los idiotas.

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Pero parándome a pensar en la perfecta antítesis del nombre del álbum: Yo, mi, me, Contigo; egoísmo versus generosidad, me doy cuenta de que vivimos en un mundo y en una sociedad tendente al egoísmo constante, a las mentiras ”piadosas” y al egocentrismo ilimitado. Y es que el hombre es malo por naturaleza. Sí, gracias Hobbes (no oséis dudar si he mirado o no en wikipedia el nombre del filósofo, ya nos conocemos, mbarbarie) pero sobre todo, el hombre es egoísta.

Así semos.Así que he considerado oportuno rememorar algunos de estos momentos de nuestra vida cotidiana, en los que, queramos o no reconocerlo, somos egoístas hasta la médula. Empecemos.

Disfrutas plácidamente de una agradable comida familiar de domingo. Todos ríen, se abrazan y comen como si no hubiera mañana. Recuerdan nostálgicas anécdotas familiares que hacen desternillar hasta al perro. Las hermanas de tu abuela te dicen una vez más, como cada domingo, lo mayor que estás y lo muchísimo que has crecido. Las pobres no se dan cuenta de que en realidad son ellas las que están menguando. Y tú, auténtica hija de Satán tratas de que lo entiendan y a modo de indirecta enciendes la minicadena y pones a todo volumen:

I’m Old Fashioned

Pero el momento crucial llega segundos después. Todos se han dado cuenta. La tensión se palpa en el ambiente. El intercambio de miradas furtivas es belicioso hasta el punto en el que vuelan cazas F-18 hechos de papel por todas partes. La abuela ya no sonríe. Sus hermanas ya no te llenan de adulaciones. Un silencio sepulcral invade el comedor. Y ahí está, sola, abandonada, indefensa, presa del pánico: la última croqueta.

Los veteranos de la familia agarran sutilmente sus cuchillos de manera amenazadora, los pequeños recurren a su maravillosa técnica de interpretar la mirada del gatito de Shrek, y nosotros, los jóvenes, nos quedamos aturdidos tratando de elaborar un malévolo plan que logre que conquistemos el mundo croquetil. Esto no es Jugar por jugar. No. Esto es la puta tercera guerra mundial. Aquí el honor, el orgullo, y el hambre voraz prevalecen ante la unión sanguínea.

Antes de proseguir con otra postura egoísta del hombre, les dejo los 3 posibles finales de la última croqueta. Pueden responder desde casa y tendrán la posibilidad de entrar en el sorteo de ganar un tupperware de seis croquetas de la abuela. Eso es mentira, en realidad son congeladas. Pero bueno, allá van:

A) La familia repartió la croqueta entre los 33 nietos en edad de crecimiento. ”Ellos lo necesitan”, dijo la tía Margarett.

B) La croqueta, sabia y mediadora, se descompuso sola y desapareció para crear la paz entre la familia.

C) Las hermanas de la abuela, ofendidas por la indirecta musical de que están mayores, cogieron la escopeta de caza de Mi primo el Nano y dispararon a todo aquel que se acercó a la croqueta.

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Aquí llega el trauma de mi infancia, el egoísmo que te acompaña desde la niñez, recuerdos que todavía me quitan el sueño. Tú, feliz y entusiasmado llegabas del súper del barrio con una bolsa de tus regalices preferidos, rojos con picapica. Llevabas toda la tarde esperando ese momento. Y de repente, llega ese ser despiadado, cruel, ese alma desalmada que se acerca y con entonación delicada y suave, te dice: ”¡Regalices! ¿Me darías un mordisquito?”. Luego la gente se queja, pero si dicen mordisquito, que para empezar por el simple hecho de usar un diminutivo no solo no debería darle nada, sino que debería lanzarle a la hoguera, es mordisquito ito ito. Pero no te queda más remedio que afrontar la situación, así que recurres a ese sutil gesto de poner el dedo a modo de parapeto, límite, barrera, fortaleza para búnker, para que no muerda más de 1mm de regaliz. Ojo, el hombre proviene del mono, así que según las circunstancias que se den, esa barrera puede no servir y acabar sin regaliz, o peor aún, sin dedo.

El culmen de los jetas. Toca viaje eterno en coche y tu recurres a la infalible excusa de ”¡No puedo ir detrás que me mareo!”. Miradas sospechosas. Silencio acusatorio. Todos han visto en tu cuarto la foto que tienes enmarcada del récord de repetición en el Top Spin del Parque de atracciones de Madrid. Para salir del aprieto siempre puedes decir que estás realizando una tesis doctoral acerca de las Aves de paso por la Península en época de emigración y que necesitas la perspectiva y vista panorámica del asiento del copiloto.

Esta me encanta, y me siento francamente identificada: momento de recoger la mesa después de comer y JUSTO tienes que ir al cuarto de baño, SIEMPRE, es una urgencia. Tu cuerpo te está llamando, llámalo incontinencia o problemas gastrointestinales. Tu cuerpo manda y tu no tienes ni voz ni voto.

Una tienda. Un vestido. Dos amigas. Si has sobrevivido a la guerra de la croqueta, esto es pan comido. Y aquí la fuerza no es la solución, llega el momento estratega. Déjala sentirse cómoda en su territorio, que coja el vestido, ten paciencia que luego tú irrumpirás como el Capitán de su calle. Cuando menos se lo espere. Ha ganado el primer round pero cuando sale radiante del probador, ZAS: ”mmm, te hace un poco gorda”. KO. Es tuyo.

Y nada como que tu criterio sobre si una foto es buena o mala se base única y exclusivamente en cómo sales de favorecido. Tus amigas pueden parecer orcos procedentes de Mordor, que mientras tú salgas idealdelamuerte, siempre será un fotón. Eso sí, ya puede ser una foto paradisíaca digna de una Postal de la Habana que con que no saque tu mejor perfil, esa foto JAMÁS verá la luz.

O el momento: ”¿Me dejas el móvil?”, ”Uyyy, lo siento, estoy casi sin batería”. Casi. 87%. Nunca sabes en qué momento necesitarás tu batería para recurrir al Candy Crush, a lo Celia Villalobos. Lo que no sabes es que has cavado tu propia tumba. Tras tu negativa, tira de mp3 y comienza a reproducir su música del infierno a todo volumen:.“El guerrero es sabio, hace del escenario un santuario, cielo de discípulos, infierno de adversarios”. No es que sea justamente una melodía digna de Viridiana. No. Y a pesar de mi época fanática por Nach Scratch, a día de hoy, No soporto el rap.

‘El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor” Jacinto Benavente

Porque la generosidad está en los pequeños detalles, en el día a día y en una actitud concreta frente a la vida. No hablo de los aspectos banales que nos invaden cada día, presentes en esta sociedad corrompida por el capitalismo, lo material y los prejuicios. Regalarle un bolso caro a tu mujer, un móvil de última generación a tu hijo o darle 50 euros cada tres años al primer mendigo que pasa por la calle. No. Eso no es generosidad. Vale, no rechazaré ninguno de esos regalos. Pero hablando en plata, eso no es imprescindible. Me refiero a ponerte literalmente en la piel del de al lado. El acto altruista, desinteresado. Generosidad es ceder, preocuparse, querer, en definitiva: entregarse. Dejar de pensar en Yo, mi, me, conmigo, y sustituirlo por la palabra contigo. Actuar con diligencia, con verdadero interés por los demás. Porque somos independientes, almas libres. Y sin embargo en esta vida, solo, no llegas a acercarte a la felicidad plena ni por asomo.

¡Y lo llevamos viendo toda la vida! Sam jugándose el pellejo por proteger incondicionalmente a Frodo. Seis de la mañana, y ahi están Sherlock y Watson a pespunte tratando de resolver un misterioso caso. Bruce Wayne y James Gordon viviendo intrépidas aventuras. Jack saltando si Rose lo hace o El capitán John Miller sacrificando su vida por salvar al Soldado Ryan.

Y como han visto, las canciones del grandísimo cantautor, al mismo tiempo Tan joven y tan viejo, siempre están presentes en mis líneas, o por lo menos, en mis pensamientos (JOAQUÍN, SI ALGÚN DÍA LEES ESTO, HAS DE SABER QUE ERES MI MUSO DE INSPIRACIÓN, EL PROTAGONISTA DE MIS SUEÑOS).

Siempre vuestra y generosa,

Mbarbarie

PD: Si me necesitáis, dadme un silbidito, fiu fiu (no se muy bien cómo transcribir ese sonido de grillo. Y encima, ya he usado un diminutivo… ¡Mbarbarie a la plancha!)

Mi prima se casa

Hace poco tiempo, recibí la grandiosa y esperada noticia de que mi prima se casa. Oooooooh. Sí, se casa. En menos de cuatro meses tendrá lugar en La Toja el maravilloso e íntimo encuentro en el que ella y su futuro marido afirmarán que están dispuestos a pasar el resto de sus vidas el uno con el otro. No saben lo que están haciendo. ¡Huid insensatos!  EL RESTO DE SUS VIDAS. Con la esperanza de vida que tenemos hoy en día eso significa que prometes estar con tu pareja hasta que las ranas tengan pelo, Jordi Hurtado nos deje o hasta que llegue GH506.

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Pero lo realmente alarmante, es el grave trastorno bodil que le ha invadido. Su vida ahora mismo gira única y exclusivamente en torno a lo que cree que será el día más feliz de su vida. Es una Monica Geller de las bodas. Un Chuck Norris de la organización. Si pudiera, estoy segura de que dejaría plantado a su novio y se casaba con su propia boda. ESO ES AMOR Y LO DEMÁS SON TONTERÍAS. Y es que absolutamente T-O-D-O lo relaciona con el esperado día.

– Oye, ¿sabéis si hoy jugará Ramos?
– ¿Ramos? Mierda. Todavía no los he encargado. Narcisos, azucenas, flor de pascua, orquídeas, gardenias… POR QUÉ A MI. Al partir un beso y una floooor.

– ¡Ay! Me acabo de cortar con el cuchillo, me haces una cura?
– Es verdad, el cura. Que resulta que el Padre Agustino se ha comprometido con otra boda, la de la hija de sus primos carnales, y el Padre Anabelo no me convence, canta demasiado y ese acento sureño que tiene me pone de los nervios.

– Esta tarde podríamos hacer maratón del Señor de los Anillos
– ¿Anillos? Pfff, todavía no los he recogido de la tienda de grabado. Qué agobio. Más les vale que estén perfectos. Sobre todo el mío. Todo él. Mi tesoro. ¡GOLLUM, GOLLUM!

Y esto es tan solo una pequeña y minúscula muestra de la escalofriante tortura a la que mi prima somete a su familia (me incluyo, desde el amor). No es casualidad que, precisamente en estas fechas, su hermana Ana, mayor que ella, y soltera, haya decidido huir despavorida a México hasta el día de la ceremonia. Ana, me vengaré por no haberme metido en tu maleta. Mejor aún, me vengaré lenta y dolorosamente por no haber ofrecido voluntariamente a tu hermana a unos contrabandistas Mexicanos (Roci tqmil).

Eso sí. En el momento en que uno decide que se casa, ha de tener la firme convicción de que no podrá volver a probar gota de alcohol hasta el día de la boda. Por su bien. O por el de la economía familiar. Solo os digo que se empieza con una lista de invitados íntima y discreta de ciento veinte personas y tras tres noches de copas vas por cuatrocientos. Incluso ya existe una mesa exclusiva para camareros y porteros de discoteca y otra para taxistas.


*Ojo con las mesas

Soy completamente fan de lo tradicional y de las bodas clásicas, con una sola excepción: la mesa presidencial. Me refiero a esa mesa alargada en vertical, estilo escaparate, compuesta por los novios, los suegros respectivos y el sacerdote en cuestión. ESA MESA. ESAS CARAS, afligidas y envidiosas mientras observan al resto de invitados disfrutando exageradamente de la celebración. Estridentes carcajadas, lágrimas de emoción, exaltación de la amistad, bailes encima de la mesa y entrañables brindis de aquí para allá. Tú, con el sacerdote a un lado, que se halla entre los 80 y la muerte, y al otro lado tu suegra, que la adoras, pero francamente no es la alegría de la huerta. Única solución: BEBE HASTA MORIR, y canta con frenesí:

5 COSAS: que deberían estar terminantemente prohibidas en cualquier boda

1. Corbatas moradas o tornasoladas
No haré comentarios al respecto. Están prohibidas y punto. Si alguien lleva una el día de mi boda… JAJAJA ¿casarme yo? Si lo hago ya tendré varias ranas con implantes que se comerán dichas corbatas.

2. Cortar la tarta 
Si lo haces por lo menos procura no emplear un sable de esgrima de tamaño superior al de los novios, salvo que puedas conservarlo. Te puede ser útil en alguna de las futuras discusiones con el que será tu marido.

3. ”Que se besen que se besen” o ”Viva los novios”
No se admiten, o no se deberían admitir vítores o gritos tales como los enunciados anteriormente. Si es algo que te irrita de forma extrema, siempre puedes recurrir a contratar francotiradores que se infiltren de paisanos en la boda y con el silenciador acabarán con sus vidas sin que nadie se inmute. Niquelao.

4. Lanzamiento de arroz, pétalos, pompas o cualquier objeto que vuele 
Tirar loquesea a la salida de la Iglesia está vetado. Los novios salen felices después de haber sido declarados marido y mujer y siempre existe algún insensato (solterona o hater del amor) que consigue acertar con el arroz a dar en el ojo de la novia cuya consecuente reacción es tropezar, caer al suelo pisándose el vestido y el desenlace termina siendo una novia medio desnuda en la escalinata de la Iglesia mientras varios chinos la fotografían y la suegra odiosa ríe silenciosamente. Sí, me siento identificada con la suegra.

Además, aunque no sea por la novia, pensad en las pobres palomas. Científicamente se ha estudiado que muchas mueren debido al arroz abandonado en las puertas de las iglesias después de una boda. Ellas, ratas voladoras, picotean compulsivamente el arroz hasta que explotan. ¡Piñata de plumas!

5. Excesivo plumaje en los tocados
Hablando de plumas, todavía no somos aves, desgraciadamente. Así que por favor, señoras, absténganse de tocados pomposos.

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Después de tanta barbariedad, y para que todavía perviva en vuestras mentes la posibilidad de que sea una persona medianamente normal (se que después de bañarme entre leche y cereales nunca lograré ser alguien decente) dejo aquí a modo de despedida una profunda reflexión que me surgió ayer antes de meterme en la cama, acerca de l’amour y la importante decisión que conlleva casarse. Inciso, llevaba varias cervezas en sangre y alrededor de trece algodones de azúcar. Venga. Allá va, con un par de huevos benedictinos.

Es en ese preciso instante en el que tomas la decisión, dando un paso agigantado hacia delante, cuando todas y cada una de tus dudas quedan disipadas. Tu mirada no busca ninguna otra dirección, ni otro destino, porque tras navegar contra viento y marea, ha encontrado su puerto favorito. Es en ese momento, cuando la sonrisa se te escapa de las manos, cuando el resoplo de felicidad de tu alma es la bocanada de aire que necesitan tus pulmones, cuando tu valentía sale a flote. Te hallas ausente en un mundo paralelo, dotado de ligera limerencia. Pero no existe mayor privilegio que esa conexión, ese gran encuentro. Se trata de una fuerza sobrenatural, extraña, misteriosa, y que asusta más de lo previsto. Algo inefable. Pero no hay ni un solo atisbo de duda, de indecisión. No. Todo lo contrario. La seguridad es desbordante, ¿el entusiasmo?, abrumador. Y es que toda tormenta pasa desapercibida.

Porque como diría Juno, Eres el queso de mis macarrones.

PD: Sí. Cuando quiero soy una sentimental, una romántica o como me diría un buen amigo, una incomprendida del amor. Hoy tengo los sentimientos a flor de piel, debe ser el comienzo de la primavera que nos deja a todos ligeramente atontados. Pero si hay algo que he aprendido, es que nunca debes dejar que te digan lo que puedes o no puedes hacer. No permitas que nadie frene tus sueños, porque eres capaz de crear montañas si te lo propones. Y lo más importante: ni el dinero, ni la fama, ni el éxito, nada, será jamás tan valioso como lo es el amor. Así que lucha, arriésgate, supera tus miedos y haz caso al asno:
Pues tú dale dale tu ternura y amoooooor

A pasar el martes como se pueda, a ser felices, y a huir de las bodas a lo Julia Roberts,

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Mbarbarie.

Mis mejores deseos, felicitaciones y cariño a mi prima y a su futuro marido.
¡Viva los novios!

Un poco de cordura

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Todavía recuerdo el olor a húmedo que invadía hasta el último rincón de mi casa. Las sábanas blancas, puras y frías como la nieve, en las que me envolvía para resguardarme de las duras noches de diciembre. Esa sensación. Sentir como, poco a poco, encontraba el cobijo enredada entre mantas, colchas y mi propia respiración, que me aislaba del silbido de las aguas que corrían por los canales de la Venecia del Norte, mi adorada Ámsterdam. Y era en ese preciso instante, cuando gozaba de uno de los mayores placeres que me brinda la vida: sacar una sola pierna por fuera del edredón. Una punzada gélida atraviesa tu piel, un respiro en los poros, un sentimiento de libertad. Freedom (en inglés suena francamente mejor).

Tras esta profunda introducción rememorando mi pasado año en Amsterdam, me dispongo a hablar de un dilema que me lleva rondando en la cabeza varios días, acerca de mi blog. Después de haber releído más o menos quinientas treinta y tres veces cada post que he escrito, he llegado a una conclusión: ya que nadie me corta las alas, he de cortármelas yo misma y recuperar algo de cordura. O si no, acabaré el resto de mi vida hablando de muerte, animales, y comida, introduciendo siempre un simple y retorcido ”JAJAJA”. Así que, si alguno de mis lectores aún me tiene algo de aprecio (de momento solo me lee mi familia, así que espero que sí. Corrijo. Más les vale que sí), Paradme. Estoy a tiempo de ser salvada. Arrodillaos y cantad al unísono:


God Save The Queen

We Mean It Man
We Love Our Queen
God Saves

Después de esta pequeña pausa experimentando la sensación de venirme arriba (creo que debo dejar el Aquarius o moriré por exceso de ego), he de confesar abiertamente, que a pesar de la errónea imagen que he podido mostrar en mi breve e insulsa trayectoria como intento de escritora, tengo corazón (quenomecabeenelpecho). Sí, esta mañana me he levantado con morriña, nostálgica y con un par de lágrimas en la almohada. SOLO UN PAR. RESECAS. Vale. No eran lágrimas, eran legañas. Y es que vivir fuera de casa marca un antes y un después en tu vida. Es el momento en el que espabilas, vuelas del nido y a tu vuelta, nunca vuelves a ser el mismo. Cambia tu carácter, tu personalidad, tu aspecto, e incluso tu nombre. Cuando volé a Amsterdam mi nombre era Gimeno. Medía 1’86 y tenía los pies planos. ¡Mirad las vueltas que da la vida!

Así que allí me planté. En tierras holandesas, iniciando una nueva etapa de mi vida. Ciudad nueva. Gente nueva. Casa nueva. Nadie te conoce, nadie te juzga. Puedes ser quien tu quieras ser. Yo empecé siendo Gimeno, pasé por Maria Antonieta (me cansé pronto, con dos horas diarias de peluquería no me daba la vida), Kanye West, La Vieja del Visillo y acabé decantándome por Punky Brewster.

*Precaución: No habrá nadie que te frene. Es muy probable que se te vaya de las manos y empieces jijijaja enfundándote en atuendos inverosímiles pero puedes acabar creyéndote La sirenita nadando en el canal. Y si negáis que alguna vez os habéis disfrazado en el extranjero, mentís. Eso, o no sois de fiar.

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Obviando hirientes comentarios e insultos hacia mi propia persona dada la estupefacta vestimenta que me acompañaba por los Países Bajos, aprovecho para pedir ayuda urgente a gente cualificada en la materia: ¿CÓMO COHONE SE AHORRA? (Perdón. Lo último que desearía es tener la osadía de ser soez, de ahí que intente camuflar mi descuido con un tono desenfadado imitando el acento sureño). Pero de veras que es un tema que me atormenta día y noche. En 11 meses pude experimentar el contraste de vivir como una marajá a malvivir para sobrevivir al fin de mes.

Dada mi pésima gestión económica, del día 1 al día 5 del mes, me sentía la heredera de Carlos Slim. Taxis, copas, cenas, cafés a precio de millón en lugares extremadamente hipsters, más prendas con las que poder disfrazarme y un sinfín de estupideces innecesarias. Pero a partir del quinto día, cuarto si era más espléndida de lo normal, me encontraba en números rojos/granates/negros/tevanaembargar/ Notienesnadaqueteembarguen/Fregarásplatoselrestodetuvida/Pagaencarnes.

Pero todo sumaba, o en este caso restaba, así que hacía malabares para poder sobrevivir. Literal. Cogía un par de arándanos y en los pasos de cebra se los tiraba a la gente que venía en bici. Todos se indignaban e incluso un día un hombre malhumorado me hizo comerme el arándano del suelo. La gente de hoy en día no sabe apreciar el arte circense.

Apagaba la calefacción de casa para economizar. Amsterdam. Enero. -10 Grados. Luz, Fuego, Destrucción. Eso quería. Me colaba en el metro y robaba hogazas de pan en la Universidad siguiendo los consejos del sabio Aladín. ¿Qué me pasa con Disney? HE DICHO QUE ESTOY NOSTÁLGICA. Eeeeeeres tú, mi príncipe azul, que yoooo soñé. Ahora vuelvo. Voy a automedicarme.

Por tanto, no me podía permitir el lujo de comprarme una bici de primera mano. Las consecuencias de esto fueron catastróficas. Entablé una íntima y leal amistad con Joahn, un portugués perteneciente al mercado negro de las bicis. Ingenua de mi, confié en él y creí todas y cada una de las historias que me contaba cuando conversábamos junto a un parque cerca de casa, mientras paseábamos a su perro Jacki. Me traicionó, y un mal día descubrí que las bicis que le compraba (10 bicicletas, verídico, en 11 meses) me las robaba él mismo. Nunca lo superé. Querido Joahn, la venganza es un plato que se sirve frío. V de Vendetta (risa malévola).

Podría pasarme horas hablando de situaciones que probablemente todo aquel que haya abandonado su hogar en algún momento, haya experimentado. El hecho de no recordar la última vez que cambiaste las sábanas (repugnante, soy consciente, pero a todos nos ha pasado, además, yo no sudo. JAJAJA Odio a esa gente). Tus prioridades en cuanto a productos indispensables en tu nevera: Cerveza, pasta, cerveza, pasta rancia, cerveza, pasta mohosa, cerveza, pasta asesina. Cuando vives fuera (especialmente si estás de erasmus) tienes ”amigos” hasta en el infierno. A mi me llegó a visitar hasta el sobrino nieto de la prima tercera del cuñado de la hermana de la mejor amiga de la tía Pili, tía abuela de mi vecina. Así que procura no invitar a nadie por cordialidad (es muy típico que todo el mundo te diga que te va a visitar y tú, encantada de la vida, y sonriente a más no poder, supliques que lo hagan. RETÍRATE. Todavía estás a tiempo).

Para despedirme, adjunto foto de mis baños matinales por los canales de Amsterdam. Solo quiero recalcar el hecho de que a mi, volar del nido no me sentó del todo bien. Eso, o pille alguna enfermedad desconocida en esas aguas cristalinas.

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PD: No he podido resistirme a emplear en una ocasión mi histriónica carcajada. Poco a poco, prometo que la cordura llegará.

Besos infecciosos de amor,

Mbarbarie.

I love car classics

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”When you are racing… it is life. Anything before or after is just wait”. – Steve McQueen 

Totalmente de acuerdo con Steve. Me considero una conductora dentro de la media. No es que conduzca metida en unos panties. Perdón, esto de intentar hilar un lunes tras un fin de semana duro no es lo mío. Como iba diciendo, me apasiona conducir, disfruto del caótico tráfico, los atascos infernales los días de lluvia, entrar en Madrid en caravana con la operación llegada, las batallas verbales que discurren en la carretera y una larga lista de etcéteras con ruedas. ¿Transporte público? Nunca. Eso es de pobres. JAJAJA. Me encanta ir en mi coche pegada a un autobús y tirar billetes de 50 por la ventanilla mientras suelto estridentes carcajadas. Eso sí, más tarde me juego la vida recogiendo uno a uno los billetes del Monopoly que nos trajeron los Reyes.

Es aterrador pensar en la cantidad de tiempo que pasas al día metido en el coche. El desayuno, la comida, la siesta, la merienda… MAMA DÉJAME VOLVER A CASA. Te juro que es la última vez que juego a 50 sombras de grey con nuestro adorado perro Milky. La última vez porque está muerto. JAJAJA. ¿Quién quiere perrito caliente para cenaaaaar?

Pero con el paso del tiempo, se va creando un inquebrantable vínculo entre tu coche y tú. Una relación que va mucho más allá del mero hecho de que te transporte. Vivís y experimentáis momentos que solo tú y él conocéis. Mi Seat Ibiza negro. Él. su hediondo olor adherido hasta en el último poro de su carrocería. Los años duros de experiencia que lleva colgados a la espalda. El constante piloto encendido color amarillo que ignoro diariamente, y que me he acostumbrado a ver. Ya es parte de él y le quiero tal y como es. PRONTO MORIRÉ. Pero el pilotito tiene gracia.

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Existen momentos que únicamente tendrás el placer de vivir en compañía de tu coche y que no tienen precio. La primera vez que pillas infraganti a otro conductor hurgando en sus fosas nasales. Comienza con una reacción de sorpresa, la cual evoluciona rápidamente en repulsión y finaliza con una clara mirada acusadora, ojos entrecerrados ”Si si, disimula. YO TE HE VISTO. Y MI PERRO TAMBIÉN”. En realidad es un peluche. Sollozos. Echo de menos a Milky.

¿Y qué me decís de ese épico momento en el que ponen tu canción favorita en la radio?

ESO SI. QUE A NADIE SE LE OCURRA QUITARLA. ARDERÁ ROMA.

Nunca debes olvidar que tu peor enemigo en el coche, ha sido, es, y siempre será: LA RESERVA DE GASOLINA. Una tensión indescriptible te recorre el cuerpo de pies a cabeza (véase a continuación en la foto adjunta), te mantienes en un tira y afloja permanente. Apuras cada km, rezando en tu interior por no quedarte tirada en medio de la Castellana. Esto es la guerra. El más débil deberá abandonar.

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 Antes de irme, os dejo una lista de 10 objetos que, en mi opinión, son indispensables en cualquier coche:

1- Disco caribe mix 2000
Debemos estar preparados. La vida de cualquier coche consta de uno (normalmente varios) episodios de nostalgia musical en los que tu mayor ilusión y propósito en la vida es escuchar canciones de verbena de hace años, como La Bomba, Corazón Espinado o La Raja de tu Falda.

Recomendación personal: Esconder en algún rincón del coche un disco digno de tu habilidad y clase como conductor. Por si las moscas. Ayer mismo me compré un recopilatorio de temazos de los 60, I love Car Classics, idóneos para acompañarte en la carretera, con Joe Jackson, Van Morrison, David Dudley y más genios de la época. Sí, yo por aquel entonces no había sido ni concebida. Qué tiempos. Qué felicidad, flotando en la nada al ritmo de (I Can’t Get No) Satisfaction. Mbarbarie en versión fetal marcándose un solo con la guitarra.

2- Ambientador
No preguntes. Tú simplemente lleva uno. Preferiblemente evitar aquellos que se cuelgan del retrovisor. Permanentemente prohibido: guantes de boxeo, dados, o extravagancias del estilo a modo de decoración.

3- Chicles
No es necesario que compres. Siempre contarás en tu lista de amistades con algún descendiente porcino que a falta de papel, pega el chicle debajo del asiento. Si han pasado entre 3 y 4 días, conservará un poco de sabor. Si el período se excede de una semana: Lea las instrucciones de este medicamento y consulte al farmacéutico.

4- Monedillas sueltas
Imprescindible habilitar un pequeño espacio en tu coche donde guardar calderilla para lidiar con situaciones de emergencia. Aparición de los Gorrillas. Podríamos decir que se trata de una situación de nivel 3, realmente estás en apuros. Les ves acercarse poco a poco y te sientes como si estuvieras en el mismísimo Bronx y te estuvieran apuntando con una Kalashnikov: Hey motherfucker, give me that shit!. No establezcas contacto visual. Saca tu temblorosa mano por la ventanilla y dales todo lo que tengas.

5- Palo de Golf
La carretera puede pasar de ser un maravilloso e idílico lugar donde evadirte de tus preocupaciones a convertirse en la III Guerra Mundial. Consejo: NUNCA DES POR CULO A UN DESCONOCIDO.

6- Rehén en el maletero
En caso de no tener calderilla, siempre le puedes ofrecer a los Gorrillas un rehén. Es preferible secuestrar a sordomudos que no incordien.

7- Cargador para el coche
Nadie quiere sufrir en sus propias carnes la angustia, los sudores fríos y las profundas punzadas en el corazón que provocan ver el 1% de la batería de tu móvil.

8- Mechero
Todo fumador goza de ciertos momentos sagrados. Uno de ellos, es el glorioso cigarillo en el coche, al más puro estilo Danny Zuko. Además, si te ves en apuros con el rehén y sospechas que alguien te está siguiendo, no dudes. Dirígete al polígono industrial de Cobo Calleja, sin mirar atrás, rocíalo todo con gasolina y préndelo con tu mechero de coche. No dejarás ni una sola prueba. Tu arderás. En el infierno. ¡Pero jamás te detendrán!

9- Mantas de piel y anoraks
Mejor prevenir que curar. Muy recomendable para combatir al caluroso amigo que pretende acabar con el mínimo indicio de vida existente, activando el aire acondicionado a -20 grados.

10- Bolsas de plástico
Nunca falla ese compañero de viaje coqueto coqueto, que a la segunda curva está del color de la bechamel. La bolsa de plástico protegerá tu preciado coche de fluidos gastrointestinales y demás apetitosas sustancias.

*A tener en cuenta: Útil para lidiar con el pesado de turno que canta a grito pelao, sin saberse la letra, y que todavía no ha querido asimilar que carece de dotes musicales. Ponerle la bolsa en la cabeza. Nota mental: si se trata de un viaje de duración mayor a cuatro horas, bañar la bolsa previamente en cloroformo.

Acelerados y revolucionados besos,

Mbarbarie 

Resaca de amor

Por fin. Se acabó. El fin de semana de l’amour, de los inenarrables regalos, las irritantes parejas en la calle y las solteras que inundan su día con lágrimas de soledad y desesperación. Nunca encontraréis pareja. Asumidlo. JAJAJA Pobres. Compraos una cobaya.

No es que sea una hater del amor ni mucho menos (cómo me gusta usar anglicismos para parecer más blogger) pero si pudiera, quemaría todas las cajas de bombones existentes sobre la faz de la tierra. Por supuesto, antes me comería el chocolate. Y no, no compartiría.

Pero eso sería tan solo el principio de mi plan arrollador para acabar con la mayor atrocidad que ha creado el ser humano: el día de San Valentín. Todavía estoy trabajando en la logística, pero para que tengáis una idea aproximada, se basa en aguarle la fiesta a todo tortolito/inconformista del amor/coqueto coqueto tirando a maricón que celebre este indescriptible día de festejo.

El primer paso es interpretarse como el mismísimo 666 del amor. El atuendo es fundamental para el éxito del plan, así que no tendrás más remedio que enfundarte en un pañal blanco, robarle un arco a tu vecino y comprar en el chino de abajo flechas con punta de cianuro.

Una vez conseguido, deberás proceder a tomarte un RedBull, te da alas, y empezar con el trabajo. Lamento la broma del Redbull, totalmente innecesaria y carente de sentido, pero siempre he querido decirlo (es vital que al leerlo entonéis como lo hacen en el anuncio. Si no pierde gracia, si es que la tenía, que no. Qué bocholno. Volaré uoooooo, cantaré).

Y es que este famoso y adorado día está lleno de hipocresía y falsedad. Es el Judas del amor. El Brutus de los corazones. Hala, ya solo quedan 364 días para que tu pareja te vuelva a sorprender, te susurre al oído que te quiere pero que no te merece, que te llame tocinito de cielo, buñuelito caramelizado con espuma de besos o torrija de frambuesa con aroma de anacardo. VOMITO CORAZONES. Literal. Me he zampado una bolsa entera de chuches de merienda y creo que los corazones de gominola son algo indigestos. Moriré llena de amor. JAJAJAJA. ¿Por qué ultimamente solo hablo de comida?

Dejando de lado las parejas rebosantes de empalago, procedo a realizar un análisis sobre la especie, desgraciadamente perteneciente a la raza humana, de seres que me encontré el sábado noche cuando decidí salir por las calles de Madrid a mover el esqueleto, a liarla pepinillos, a quitarme el peluquín. Sí. Es cierto, Nadie me invitó a celebrar San Valentín. Lloraré. Lloraré las penas de mi corazón enamorado. Sufriré el lamento de este corazón ilusionado. Madre mía, ¡Qué grande eres Bisbi!

Quedé impassssstada con el romántico ambiente de la discoteca a la que fui. Se respiraba amor en cada esquina de la sala, en cada movimiento de cadera al son de A ella le gusta la gasolina. Estupefacta. Asín me quede. Por si no fuera suficiente, cometí el insensato error de salir completamente sobria. Acabáramos. Reinaba la desesperación y el ansia, identificabas perfectamente a las bestias acechando a su presa. En el baño varias mujeres lloraban. Me reía y les tiraba hielos mientras cantaba: It’s raining men. 

Todos aprovechaban la atroz letra de las canciones para arrimar cebolleta. Perdón por la expresión. Y yo, mientras, disfrutaba de las deliciosas croquetas de Yeyo y observaba detenidamente a cada individuo, fijándome en cada pequeño detalle. Es importante para la concentración de la mente tener el estómago lleno de energías. Vale, de verdad, ya paro.

En cualquier caso, por sí he creado algún tipo de ofensa a los enamorados e hinchas de San Valentín, reconozco, siendo honesta y sincera con vosotros, que es pura ENVIDIA. De la mala. Ni sana ni leches.

Besos rellenos de tempura de pasión,

Mbarbarie

21 Días fuera de casa

Hoy hace ya 13 días que partí de mi delicioso hogar, y sí, estoy disfrutando, maravillada por la cultura asiática, los paisajes exóticos y la comida refrita de la calle. Pero, francamente, QUIERO UN BUEN BOCADILLO DE CHORIZO DE PAMPLONA.

No hay nada más certero que irse fuera de casa para aprender a valorar lo bueno. Abandonar el nido. Mimetizarse con el nuevo plumaje. Las gárgaras necesarias para afinar el cántico del alba. El aleteo constante. Comer lombrices. No. No lo hagáis. Ayer lo hice y me están haciendo un lavado gastrointestinal. En el fondo están de rechupete. ¡No conquistas nada, con una ensalada!

Sobre todo, si decides que la mejor manera de emprender un viaje es como una auténtica hippie y te plantas en algún país exótico en la otra punta del globo terrestre, con una mochila en la que metes: cuatro bragas, un desodorante de bola (que acabas compartiendo con varias personas del viaje, ya sea por higiene o por hambre) y un saco sábana (muy útil para dormir calentito en lugares insólitos, evitar enfermedades contagiosas, criar larvas, o como arma para asfixiar a las masas de chinos que incordian).

Gracias a mi última tesis acerca del tema, he descubierto algo muy curioso a la par que inquietante. Hablo de la existencia de una Patología muy común entre esta especie. Consiste en una mutación transgénica que pasa, del look mochilero hipster, al más puro estilo perroflaútico/Pablo iglesias (coleta baja, espalda encorvada, llegas a dejarte incluso algo de bigotillo, e imprescindible una riñonera). Así que cuidadín. Ojo al manojo. (No se muy bien qué significa esto último, pero creo seriamente que deberían incluirlo en el refranero español). Adjunto foto propia y autorizo intervención.

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Pero nadie se va así, con una mochila llena de sueños, esperanzas e ilusiones, si no es para traerla de vuelta llena de regalos. Como el mismísimo Papa Noel. Así voy a volver. Gorda y con barba. JAJAJA No. De verdad. Esta es la última galleta que me como. JAJAJA eso sí que tiene gracia. “All by my self, don’t Wanna be”. Acabaré así. Y más feliz que un regaliz.

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En multitud de ocasiones subestimamos el dificultoso y arriesgado proceso de compra. Todo comienza con ese momento en el que compras un souvenir/artículo artesanal/cerdo vietnamita y sales del puesto sintiéndote el mismísimo Amancio Ortega. Mientras la brisa de la costa te revuelve el cabello, miras por encima del hombro al resto de la humanidad. Eres un gánster. Oh yeah. Cantas sin piedad I’ve got the power de snap. Siempre he sido muy de canciones. Debería haber vivido en un musical. Tu y yo vivamos el momento tu y yo sin arrepentimiento. Vale. Ya paro. Debe de ser las coordenadas en las que me hallo, que me sube la bilirrubina.

Es entonces, cuando crees que has conquistado las jodidas Américas, cuando ves que en el puesto de al lado, en el siguiente, en el siguiente, en el siguiente y HASTA EN LA MISMÍSIMA CONCHINCHINA (que por cierto, cocinan el arroz de maravilla) lo venden más barato. Es un auténtico dilema, yo no consigo pillarle el tranquillo a eso de Regatear. ¿Quién no se ha sentido Brian alguna vez?

https://m.youtube.com/watch?v=8RqDvVd0xGg

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Pero al final lo más importante no es a dónde ir, sino con quién, El Grupo. Ese grupo con el que comienzas el viaje conviviendo en paz y en armonía, pero como bien dice el dicho: la confianza da asco. Y mucho. Cada miembro se caracteriza por un roll específico.

Siempre existe un individuo que asume el liderazgo, ordenado, maniático, frío y calculador, se mancha las manos de sangre sin piedad y te machaca hasta que no te quedan energías ni ganas de vivir. Deshaceos de ese miembro lo antes posible (un empujón tonto en la colina, una zancadilla a tiempo o un par de gotas de cianuro en el café. Un par. No más. Queremos que muera, no que se desintegre).

Otro que nunca falla es aquel ser insufrible que lo único que aporta en el viaje son quejas. “Qué día tan nublado“, “qué sucia es esta ciudad“, “la comida está muy picante“. La solución es sencilla. Entrégale un revólver cargado. Si no consigues la licencia para comprar pistolas siempre puedes cambiar la salchicha de su perrito caliente por dinamita.

Esto acaba convirtiéndose en el mismísimo Gran Hermano 16.0. “Te comiste tres pringles y yo sólo dos” “ya tía, pero es que tu estás gorda, lo hice por ti” o cuando no encuentras tus cosas dentro de tu caótico desorden “quién, me ha, robado, mi mochilaaaaa”. Eso, según mi humilde opinión, supondría la expulsión directa de la casa. (SALVAR BARBARIE AL 77452)

Y El bote común. Ríete tu de Bárcenas. JAJAJA No, en serio. Nunca dejéis que un miembro del grupo tenga en su posesión los bienes comunes. EEEEERROR. Existen varias posibilidades:

A) El susodicho, elegido por votación unánime, hace que el dinero fructifique. Invierte, negocia, economiza y recoge beneficios. Acabas el viaje con más dinero del que te fuiste (Eso nunca, repito, nunca pasa).

B) La avaricia rompe el saco. Literal. “¿Dónde cojones está el dinero? Yo lo había dejado en este bolsillit… (Mierda, hay un agujero en el bolso. Disimula. O huye. Huye de cuclillas y finge ser un saltamontes)”.

C ) La banca sufre un trastorno de personalidad. Sus principios se ven trastocados y establece las prioridades del grupo. Mueres de inanición y deshidratación, no hay dinero para eso. ¿Chupitos? Barra libre. Moraleja: la banca quiere acabar con tu vida cuanto antes y largarse con tu dinero a las Bahamas. Si puedes, también trata de deshacerte de él.

Por último, y no por eso menos importante, es crucial el momento de llegada al destino en cuestión. Será en estas circunstancias donde probarás tu nivel de sensatez, de calle, y tus aptitudes cinéfilas. Debes ir al centro de la ciudad, hay pocos taxis, mucha gente, poco dinero. Se acerca un buen hombre, te propone compartir taxi para economizar, todo con una gran sonrisa, buen aspecto y la línea de la vida de la palma de su mano es larga y zigzaguea. NOOOOOO. VENGANZA. HUYE. Sigue los consejos del sabio de Liam Neeson, quédate con la mayoría de detalles posibles y grítalos mientras escapas haciendo la croqueta. ¡Peluquín! ¡Gafas de sol! ¡Bastón! ¡Acompañado de un labrador! Y jamás mires atrás.

Pero a pesar de MAMA todos los inconvenientes, en el VEN fondo estoy disfrutando A como nunca de esta BUSCARME experiencia. YA.

(Mama, sí me estas leyendo, he escrito un mensaje en código que ni los más expertos criptografos podrán descifrar).

Con cariño y empalago,

Mbarbarie

Aterriza como puedas, si llegas.

”Cuando se viaja en avión solamente existen dos clases de emociones: el aburrimiento y el terror” (Orson Welles).


Terror. Ese sentimiento es el que se respira estos días en mi dulce hogar. Se acerca el día, el momento de mi partida. El próximo martes 20 de Enero me dispongo a coger un avión rumbo a Bangkok y a perderme veinte días entre playas, daikiris y cloroformo.

Mi madre lleva unos días muy rara. Se pasea de habitación en habitación murmurando para sí misma: ”todo irá bien, todo irá bien”, y pasa más horas de las debidas en su mecedora acariciando a Bola de pelo. Espera. No tengo mecedora, ni mucho menos gato. ¿Quién es usted? Hombre señora Avernathy, ¿qué hace aquí? Le acompañaré fuera.

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Las apuestas entre mis hermanos son más que habituales. Cogerá el vuelo, no lo cogerá, perderá la maleta, se estrellará el avión… Tener familia para esto. Por supuesto, mis amigos no iban a ser menos y en estas situaciones han adoptado un papel fundamental. Para empezar, el día previo a mi partida, se da la casualidad, sea lunes, martes, o incluso domingo día del Señor, de que el mismísimo Satanás se reencarna en sus cuerpos, y pobre de mí, pura santidad, me veo arrastrada por los caminos del mal, los senderos del pecado y la oscuridad de la noche. Muy a mi pesar, y tras haber tratado de oponerme a la malévola tentación de Lucifer, acabo en la barra de algún bar bailando No rompas más o compartiendo la recena con el mendigo del cajero de la esquina cantando Esta no es mi vieja yegua gris.

Todo esto tuvo su origen. Os pongo en contexto: Salou. Three years ago. Vale. No. La próxima vez que use algún término de la lengua anglosajona denunciad mi blog y recoged firmas para que me lo cierren hastaelfindelostiempos. POR FAVOR. Como decía, hace tres años una buena amiga mía de Zaragoza y yo, decidimos ir a ver a unos amigos ingleses que habían escogido Salou como destino de viaje para el verano.

Pasamos cuatro idílicos días gozando del privilegio de ir en compañía de ingleses. Guiris, vaya. Esa emocionante sensación que te inunda al explorar los mundos profundos de las tiendas de souvenirs. El sentimiento gratificante de pagar un plato de paella a precio de millón como si el bar La esquina de Manoli tuviera una estrella michelín. La abrumadora obsesión de los camareros por emborracharte para después sacarte los cuartos. Con alevosía. Olé. Verygoodfandango.

Cuando llegó nuestro último día, decidimos aprovechar la primera hora de la mañana para darnos un último baño en las frías aguas de la costa Dorada. Y fue entonces cuando lo vi. Mi cuerpo sintió un cosquilleo, el latido de mi corazón palpitaba de una manera estrepitosa y desenfrenada, mis ojos se disponían a salir de sus cuencas de pura emoción. Allí, a lo lejos, pude divisar a un grupo de jóvenes disfrutando de la maravillosa experiencia que solo consigue aportar: LA BANANA. No medié palabra con nadie, no hizo falta. Con tan solo una firme mirada y un contundente gesto de cabeza pude transmitirles mi plan arrollador (No, no supe explicarlo en inglés). Así que di media vuelta y comencé a correr por la orilla hacia la escuela marítima como si fuera el mismísimo David Hasselhoff en los vigilantes de la playa. Ritmo pausado, cámara lenta, movimiento de cabellera y sin parar de cantar I’ll be ready de Jimi Jamison.

El autobús salía a las 12:00. Eran las 11:15. Yo, subida en la banana. Todo atisbo de sensatez o responsabilidad había quedado atrás, perdido entre el oleaje del infinito lago azul. Igual que el japonés que venía con nosotros. ¡Mírale! Qué gracioso, está saludando. ¿Este no era el que decía que no sabía nadar? JAJAJAJA. No. En serio. Dile que deje de fingir que es una boya. No tiene gracia.

La tensión iba  aumentando al compás de las agujas del reloj. Mi amiga comenzaba a ponerse un tanto nerviosa. Gritaba a los cuatro vientos curiosas expresiones de su tierra natal tales como ¡Maña! ¡Co! ¡La pilarica jodó! y yo solo gritaba sin ton ni son Bananaaaaa (si, fui musa de inspiración para los famosos minions). Una vez hube subestimado el carácter aragonés y fui arrojada al agua, decidí que era momento de volver a casa, darme una ducha, prepararme un zumo natural (colado, por supuesto), cortarme las uñas de los pies, usar hilo dental, limpiar, hacer la maleta, devolver las llaves en la oficina inmobiliaria, comprarme un bubbaloo en el quiosco de chuches e ir corriendo a la estación a lo Forest Gump para llegar a tiempo.

Yo, ingenua de mi, estaba convencida de que llegaríamos a tiempo. Siempre fui muy de Rosana. De hecho, el autobús estaría esperándonos y el risueño conductor nos guiñaría un ojo junto con una amable reverencia, dándonos paso al autobús donde el resto de pasajeros nos recibiría entre vítores y aplausos. La cruda realidad no se asemejaba en absoluto. En la parada del autobús solo quedaban dos vasos de café sin dueño, una bolsa de plástico que peleaba con el viento por alejarse y el japonés de la banana. Ahora no era una boya, sino un japonés muerto. JAJAJAJA. Iré al infierno.

La angustia y el desamparo que me inundaron en ese momento no fueron nada comparado con la incontenible ira de mi madre, que me habría aniquilado si hubiera tenido la oportunidad. No solo había perdido ese autobús, cuyo destino era Zaragoza, sino el consiguiente Ave Zaragoza- Madrid. Sí, soy una crápula de persona, lo se. Después de barajar las diferentes opciones, reservé un billete de autobús para el día siguiente a las 10 de la mañana, directo a Madrid tras las amenazas de muerte de mi matriarca.

Nuestros amigos ingleses pasaron el resto del día bromeando acerca de nuestro incidente, y está claro que en esta vida o se tiene sentido del humor y capacidad de reírse de uno mismo, o señores: suicidémonos.

Contaría con todo lujo de detalle la surrealista a la par que agitada noche que me envolvió cuando el sol se escondió. Pero en resumen, solo les digo, que tampoco pude subirme a ese autobús, por motivos y causas mayores (en ese momento me encontraba en una comisaría perdida entre montañas, dormida en una silla, mientras el señor agente me preguntaba que cuál era mi nombre).

Ese tan solo fue el comienzo y desencadenante de un sinfín de desatinos que me han perseguido hasta el día que acontece. Vuelos perdidos por narcolepsia, pasaporte olvidado en la fotocopiadora de un ciber turco en una misteriosa calle de Amsterdam a 24 horas del vuelo, falta de visado, DNI caducado, excesivos tequilas la noche previa… En conclusión, soy una persona que viaja con paz y sin presiones. Viajo Sitting on the dock of the bay.

Pero en serio, confiad en mí. Estoy madurando. ¿Te imaginas?

Aquí os dejo algún consejo que os vendría bien si os sentís identificados con el prototipo viajero crápula.

Es imprescindible, si viajas de madrugada o pronto por la mañana, la programación de no una, sino, varias alarmas. Si eres de los míos y tienes sueño profundo, cada alarma deberá estar situada en un punto distinto de la habitación, incluso si lo ves necesario, repartidas por la casa. Cada una tendrá su propia melodía personalizada, siempre escogiendo músicas estridentes y artistas con voz potente y despierta, séase Brian Johnson, James Hetfield o Axl Rose. De verdad, Alex Ubago no funciona como alarma. Sí para armarte de valor y saltar desde la azotea. Pero no para despertarte. El volumen estará configurado en ascendente, in crescendo, de menos a más.  Así pues, si a pesar del concierto libertino que has montado, no eres capaz de levantarte, no temas, pues tus familiares o vecinos se encargarán de hacerlo. Si, puede ser una desagradable manera de empezar el viaje, pero el objetivo es conseguir llevarlo a cabo.

Tenlo muy claro. No eres Indiana Jones y nunca lo serás. Despierta de tu profundo sueño, es el momento de asimilarlo. Es duro, pero con apoyo y con esfuerzo lo superarás. Yo lo hice. Ahora soy Aragon hijo de Arathor. No llevo sombrero pero molo igual o más. A lo que iba, tu maleta no puede contener katanas, espadachines, estrellas ninja ni cerbatanas. De verdad, no os imagináis lo pesados que se ponen los de control de equipaje.

El tiempo estimado de antelación con la que debes presentarte en el aeropuerto/estación/lugar de partida será aproximadamente de un día y medio. Nunca sabes lo que puede pasar y como dice mi querida abuela más vale prevenir que curar. Puede ser que corten el metro, que haya un accidente que provoque un tráfico lento, o incluso que se de casualmente una estampida de rinocerontes.

Si por mi fuera, seguiría escribiendo hasta el amanecer, pero me temo, que si mi vuelo sale el martes, no estaría de más renovar mi pasaporte.

Buenas noches, y a comerse la semana.
Os escribiré desde el paraíso. Con amor,

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